Los datos del INDEC revelan que el uso de la capacidad instalada retrocedió al 58,4% en mayo, arrastrado por el desplome de los sectores que generan mayor valor agregado y empleo formal, mientras las exportaciones crecen concentradas únicamente en el eslabón primario.
La actividad manufacturera en la Argentina continúa profundizando su parálisis y expone la gravedad de la recesión en el corazón del entramado productivo. Según los últimos datos oficiales publicados por el INDEC, el uso de la capacidad instalada de la industria se ubicó en apenas el 58,4% en mayo, una cifra que marca un retroceso respecto de abril y del mismo mes del año anterior. En términos prácticos, el indicador revela que más de 41 de cada 100 máquinas en el país permanecen apagadas. Este escenario de ociosidad fabril confirma que el sector opera a media máquina, severamente condicionado por lo que los especialistas denominan un «efecto sándwich»: una demanda interna deprimida, precios que corren por debajo de la inflación y un encarecimiento estructural de los costos energéticos.
Al analizar el comportamiento sectorial de forma desagregada, se observa que la subutilización de las plantas productivas no es homogénea y convalida una fractura estructural. Los únicos bloques que logran mantenerse por encima del promedio general son aquellos vinculados a la refinación de petróleo (88,7%), industrias metálicas básicas (75,4%) y alimentos (60%), actividades caracterizadas por ser sectores primarios de bajo valor agregado. En la vereda opuesta, las ramas de mayor sofisticación técnica y que actúan como los principales motores del empleo formal muestran niveles críticos de operatividad: la industria automotriz funciona al 45,5%, el rubro textil al 42,2% y la metalmecánica se encuentra relegada a un magro 38,7% de su capacidad total.
Esta brecha productiva impacta de lleno en los indicadores sociolaborales, consolidando una destrucción sostenida de puestos de calidad. El sector de la industria manufacturera lidera la pérdida de empleo registrado bajo la gestión actual, acumulando una disminución de 82.173 trabajadores formales y 3.617 empleadores menos. Estimaciones sectoriales provistas por analistas como Diego Coatz advierten que la sangría proyectada para este año podría alcanzar los 105.000 puestos entre directos e indirectos, lo que equivale a la destrucción de 12 empleos fabriles por hora. Este excedente de fuerza laboral no desaparece del mercado, sino que se desplaza de manera precaria hacia el cuentapropismo y la informalidad de baja productividad, donde se evidencia el fenómeno de trabajar más horas por menores ingresos reales.
Finalmente, el perfil del comercio exterior argentino convalida el sesgo primarizado del actual modelo económico. Si bien las exportaciones industriales tradicionales crecieron un 13% interanual —impulsadas por la necesidad de las firmas de colocar saldos ante el desplome del consumo doméstico—, un informe de la Fundación Mediterránea revela que el verdadero salto exportador está monopolizado por el agro y la energía. Durante los primeros cinco meses del año, las ventas externas agroindustriales alcanzaron los U$S 22.394 millones (un alza del 17,5%), pero el crecimiento se concentró exclusivamente en productos primarios y de primera transformación. En contraste, las manufacturas finales permanecieron completamente estancadas con una variación de apenas el 0,2%, desnudando que la apertura comercial en curso convive con una caída del 9,1% en la importación de bienes de capital e inversión productiva interna.
